A principios de marzo recibimos un colosal bombardeo de desinformación acerca de un virus procedente de China que, sin detenerse en las aduanas, cruzaba las fronteras por todo el mundo.
En los informativos cobraron protagonismo las cifras: porcentajes, decenas, centenares, millares…; cada día se cumplían las predicciones más apocalípticas: contagio exponencial, caos sanitario, derrumbe económico. Sin suficientes herramientas para atajar la trasmisión del ya archiconocido COVID-19, entre la población, se optó por una medida drástica para evitar el contagio: CONFINAMIENTO de toda la población. No se podía salir de casa salvo en las excepciones permitidas por la ley que regulaba el ESTADO DE ALARMA, la mayoría de las empresas permanecieron cerradas, otras siguieron produciendo gracias al teletrabajo y otras tenían que mantener su rendimiento para garantizar los servicios mínimos que requería la sociedad, se paralizaron los transportes, se cerraron los establecimientos hosteleros, los comercios, excepto los considerados de primera necesidad, los colegios, los centros de ocio, las instituciones públicas, todo se paró excepto el tiempo.
Ante esta situación tan desconocida se apoderó de nosotros la inseguridad y el pánico. Si salíamos de casa nos sentíamos fugitivos observados por los demás ante el vacío en las calles.
¡Qué sensación al asomarnos a la ventana y percibir la soledad, el silencio, el miedo! Nos invitaba a frotarnos los ojos creyendo vivir una pesadilla que nos hacía atravesar la pantalla de cine durante una película de ciencia ficción.
¡Qué miedo! ¿Habremos tocado algo contaminado? ¿Nos hemos desinfectado correctamente? ¿Alguien se nos ha acercado demasiado en la cola del pan? Cada día me tomo la temperatura, alguna vez parece que tengo un poco de carraspera o estornudo. Diariamente chequeamos nuestro cuerpo y nuestras acciones.
Lo que empezó siendo un confinamiento de quince días se prolongó más de tres meses, cuando fuimos conscientes de la envergadura del problema nos resignamos, cumplimos las normas, reorganizamos nuestras ocupaciones, el tiempo libre, la distancia nos invitaba a tener en nuestro interior a los más queridos, añorando los besos y los abrazos que no podíamos compartir, gracias a los medios tecnológicos que disfrutamos pudimos atenuar el dolor que provoca la distancia viéndolos y escuchándolos con tal proximidad que hace unos años parecería “MAGIA”.
Tanto sacrificio da sus frutos: la cifra de afectados baja, nos incorporamos al trabajo, utilizamos los transportes, abren los comercios, la hostelería (con restricciones), podemos salir a pasear o a hacer deporte con horarios y turnos preestablecidos, más adelante podemos hacer alguna escapadita fuera de la ciudad, poco a poco vamos recuperando lo que llamaremos desde ahora “Nueva Normalidad”.
Durante este paréntesis en nuestras vidas se ha puesto a prueba nuestra fortaleza tanto física como sicológica y nos ha quedado patente que el ser humano que se considera la cúspide de la evolución puede ser derrotado de un día para otro por un ser microscópico.
Con la colaboración de todos, aunque perdamos alguna batalla ganaremos la guerra.